jueves, 7 de abril de 2011

OLIM

La lectura de los titulares “Bob Dylan actúa en Pekín sin cantar sus himnos revolucionarios” (El Periódico.com, 6-4-2011) y "La censura china dicta las notas de Bob Dylan" (El País.com, 7-4-2011), causa la evocación de un texto de la vieja teoría crítica:

Sólo la obligación de inscribirse continuamente –bajo las amenazas más graves- como experto estético en la vida industrial ha esclavizado definitivamente al artista. En una época firmaban sus cartas, como Kant y Hume, calificándose de “siervos humildísimos”, mientras minaban las bases del trono y del altar. Hoy se tutean con los jefes de estado y están sometidos, en lo que respecta a todos sus impulsos artísticos, al juicio de sus jefes iletrados. (…) Quien no se adapta resulta víctima de una impotencia económica que se prolonga en la impotencia espiritual del aislado. Excluido  de la industria, es fácil convencerlo de su insuficiencia. (Max Horkheimer y Theodor W. Adorno, Dialéctica del iluminismo)

Pero, una vez puesta la memoria en acción, la dinámica de los conceptos hace sacar a colación otro texto, ahora de la menos vieja teoría crítica, sobre el papel del intelectual:

Los profesores ciertamente no son sólo científicos, que se ocupan desde una perspectiva del observador de la cuestión de la esfera pública política. Son también ciudadanos. Y ocasionalmente participan en la vida política de su país como intelectuales. (…) El intelectual sin ser preguntado, esto es, sin que tenga que recibir encargo por parte alguna, debe hacer un uso público del saber profesional del que dispone, por ejemplo, como filósofo o como escritor, como científico social o como físico. Sin ser imparcial, debe expresarse con conciencia de su falibilidad. Debe limitarse a los temas relevantes, aportar informaciones objetivas y en lo posible suministrar buenos argumentos; también debe esforzarse en mejorar el deplorable nivel discursivo de las controversias públicas. En otros aspectos también se le exige al intelectual una empresa arriesgada y difícil. Traiciona su autoridad por ambas partes si no separa cuidadosamente su papel profesional de su papel público. Y está autorizado a utilizar la influencia que adquiere con las palabras no como medio para alcanzar el poder, esto es, no ha de confundir “influencia” con “poder. En los puestos oficiales los intelectuales dejan de ser intelectuales.
Que fracasemos la mayoría de las veces en el cumplimiento de estos criterios no resulta nada sorprendente; pero esto no debe conducir a desvalorizar los criterios mismos, pues los intelectuales, que tan a menudo combaten y degüellan a sus pares, no deben permitirse una cosa: ser cínicos. (Jürgen Habermas, Entre naturalismo y religión)