Hay épocas en que la moral pública degenera en un imparable torrente de moralina, donde la fuerza argumentativa del cauce es sustituida, cascada tras cascada, por el espumoso espectáculo de una ética banal y represiva. En una de esas épocas, hace siglo y medio más o menos, alguien escribió un genial tratado «po-ético» contra aquella hipócrita y tediosa moral en decadencia. El tratado lo tituló «Las flores del mal».
Para esta época actual, de vanos y venales moralismos buenistas de todo tipo, y para estar a nuestra propia altura, tal vez convendría la publicación de una serie de folletines que llevasen por título algo así como «Los capullos del bien». Y valga la polisemia.
No sería necesario, para escribirlos, ser un genio como Charles Baudelaire, pero sí dotarse de un fuerte valor cívico y moral, además del compromiso inherente a la honestidad intelectual y artística. Pero: ¿Dónde estará ese inhóspito jardín de poetas que se atreven a sembrar con semillas de una flor indómita?
(tvb)

