viernes, 7 de enero de 2011

¿Qué, después del terror? 2

Sin embargo, me da la sensación de que todavía nos falta dar algún paso más y llegar a realizar la afirmación de que “la sociedad ha de ser generosa con las víctimas”. Y esto no significa resarcirlas o reconocerlas, porque es de justicia, sino algo que va más allá. ¿A qué estamos dispuestos a renunciar, qué estamos dispuestos a perder o posponer en aras de que las víctimas puedan vivir mejor entre nosotros? Ante el peligro de que la mayoría (el “rodillo democrático”) nos impongamos, en una mecánica impecable, pero también implacable, a la minoría que son las víctimas, creo que hay que recordar que la democracia, en sus acepciones moralmente más ejemplares, es el gobierno de la mayoría que respeta los derechos de la minoría, ante la que se muestra particularmente generosa. La pregunta que hay que hacerse no es si las víctimas pretenden imponernos sus planteamientos políticos, sino qué estamos dispuestos a hacer en los nuestros para que las víctimas, en cuanto tales, tengan cabida y acomodo razonables. Así, las propuestas políticas de quienes no somos víctimas adquieren mayor valor y legitimidad en la medida en que las tengan en cuenta y sean más solidarias y generosas con ellas.

(Galo Bilbao Alberdi, Por una reconciliación asimétrica)