La meditación busca un remate imposible. En su escritura, presenta un cierre que se va deslizando como un glaciar. Alguien nota que las palabras se desplazan tal que estaciones de una vía muerta. Pero en realidad, resbalan por un vía crucis sin término. Ya no se puede sangrar más con la tinta. Se habla a sí mismo, se abraza a él mismo en guerra contra sí y fuera de sí. Extraño en su amor de sí y para sí. A merced de …
EN CARNE ÍNTIMA
Dímelo tú,
que por vengativa
ceguera
-de orgullo e inquina-
mal te mueres.
Dímelo tú, no calles.
¿Qué sientes
en la mañana tardía,
cuando no eres
lo que eras,
cuando ya no seas
lo que ahora
crees que sí eres.
Cuando no halles
en la niebla
—diurna-
eso que de noche
esperas, y luego
tu alma aborrece?
No soy soldado,
ni a la guerra perdida
he ido, no soy poeta
del exilio retornado.
Soy una frágil cáscara
de lo humano
-y de lo humano un eco-
sin ser soldado
con máscara de poeta
y mohosos laureles.
Soy carne malherida
que no esquiva
ni rehuye la lucha,
soy carne de tu carne
con las suturas abiertas,
rendida a la muerte
y besando la vida.
(tvb)